Schiller: Cartas Sobre la Educación Estética del Hombre
Cartas I y II
Relación con la filosofía kantiana. Los principios que se emplean en sus Cartas se basan en el pensamiento kantiano. Ruptura con Kant al reformular, principalmente, la relación entre sensibilidad y razón.
Definición de estética. Como en Kant, el significado de estética es doble: según el sentido etimológico y según el sentido moderno. Sentido etimológico. Designa lo sensible o terrenal. También relacionado con el sentimiento. Sentido moderno. Se define en relación al arte. Schiller relaciona la belleza con el sentido moderno de la estética. A diferencia de Kant, la belleza en Schiller está liagada a la moral.
Carta III
Síntesis entre sentimiento y razón: problemas con Kant. Schiller plantea el riesgo de las morales formales como la de Kant o Fichte: La razón que busca anular el Estado natural del hombre físico para imponer su legalidad “arriesga la existencia del hombre físico y real al problemático y moral; arriesga la existencia de la sociedad a un ideal de sociedad simplemente posible (aunque moralmente necesario)” Es decir, se arriesga la existencia de lo materia por una idea vacía de contenido: el hombre moral “tiene que destruir el objeto del sentido interior si quiere hacerlo suyo”, mediante el análisis (es decir, la separación, la desunión, la escisión), arriesga el instinto moral inmanente, dado por la naturaleza, ocultando la verdad al sentimiento, cuando para Schiller tendría que haber una síntesis última entre sentimiento y razón, entre hombre físico y hombre moral.
Primera ruptura con Kant: en busca de una ética con contenido. Schiller no propone una escisión entre moral y naturaleza. No le basta la moral formal: buscará una ética con contenido, con un aspecto material y formal: una moral con impresiones.
Carta IV
El hombre es potencialmente moral por naturaleza. Esta potencia puede ser desarrollada por la voluntad, que se haya libre entre deber e inclinación. El hombre deberá intentar lograr que las inclinaciones coincidan con el deber. Tal cosa se conseguirá ennobleciendo las inclinaciones mediante el arte.
Carta VI
Mirada al mundo griego: reino de armonía. Según Schiller, en el mundo griego reinaba una armonía entre los sentidos y el espíritu, entre la razón y la materia. La sensibilidad y el entendimiento no estaban separados. En este mundo el individuo encontraba plenitud y unidad. En contraste con los griegos se presenta el mundo moderno, donde la unidad del hombre se ha despedazado y automatizado. Se ha descendido a una vida “mecánica común y grosera”, donde el hombre se ejercita en una sola facultad (a saber, el entendimiento) y olvida los sentidos. Así el individuo no puede reconocerse en el Estado (se da un alejamiento entre el gobernante y el gobernado). Schiller no propone volver a lo sensible en detrimento de lo racional, sino una subversión (que no inversión).
El desmembramiento del ser permite el progreso de la especie: hay que buscar unidad en el individuo. El fenómeno de la humanidad griega fue un máximun que no podía mantenerse en su nivel ni ser superado. No podía mantenerse en su nivel porque el entendimiento tenía que verse obligado a separarse de la sensación y la intuición y tender a la claridad del conocimiento. Tampoco superarlo, porque sólo podía coexistir un grado determinado de claridad. Los griegos consiguieron ese grado y, cuando quisieron avanzar a una cultura mayor, tuvieron que renunciar a la totalidad de su ser y seguir la verdad por caminos separados. Lo que habrá que mejorar será, pues la condición del individuo, logrando su unidad y plenitud. Esta mejora será condición para el progreso político.
Laoconte: querella sobre antiguos y modernos
Antes de la época moderna hubo un debate acerca de cuál es la mejor época, si la antigua o la actual. A finales del siglo XVII se formula una querella entre antiguos y modernos. El escritor parisino Charles Perault, en 1687, publica el poema El siglo de Luis el Grande, donde se formula el carácter de este debate. Alternativamente, se opta por valorar a los antiguos, a los que se considera casi superhombres que habrían dejado dicha la última palabra de forma insuperable; o a los modernos, que saliéndose de los caminos trillados, encuentran perspectivas innovadoras y superan errores ciegamente perpetuados por la costumbre.
Surgen las primeras propuestas en el seno de la modernidad, de entre ellas, la propuesta clasicista. Ésta manifiesta que hay que volver a los antiguos, imitarlos, para poder ganar un valor propio. En esta formulación (concebir valor al pasado y proponer el presente como imitación) ya hay retóricamente una manera de aportar cultura al presente con referencia a la inmediatez anterior (no la clásica, sino a la edad media). Se tiene una idea de la edad media como una época oscura, en contraste con la edad de la luz. “Puesto que imitamos la edad clásica, nos separamos de la edad media”. Esto podría ser bautizado como un ejercicio de legitimación por parte de los modernos con el fin de recuperar la clasicidad. Supone un ejercicio de autonomía con respecto a la edad media, donde se percibe un culto al cuerpo frente al ascetismo. Esta querella nace en el campo puramente poético y posteriormente se aplica a la política y a la filosofía. Hay una idea clara que yace en los clasicistas, la de romper con el pasado inmediato, a saber, la oscura y ascética edad media.
Durante la escolástica medieval prevalecía el argumento de autoridad, con la famosa comparación de los Antiguos como gigantes y los modernos como enanos. Hubo, no obstante, quien dijo somos enanos, pero subidos a los hombros de los gigantes vemos más lejos que ellos. Esta frase se ha divulgado sobre todo gracias a Isaac Newton, que la habría tomado a su vez de su autor medieval, el filósofo Bernardo de Chartres (siglo XIV) citado, posiblemente, por su discípulo Juan de Salisbury.
Con los primeros poetas modernos, de corte clasicista, se imitan los temas, motivos, el linaje heróico, los personajes y hay un cierto ideario republicano (sobre todo en la cultura francesa, como es en el caso de Perault).
En alemania, por esta misma época, surgen las primeras críticas en contra del clasicismo. Con la Aufklärung (ilustración), especialmente con Lessing, ilustrado tardío, la modernidad empieza a separarse del clasicismo y consecuentemente se comienza a curtir una tradición propia. Lessing anticipa una segunda modernidad. Por otra parte, está la figura de Winkelmann, para quien el arte griego es un algo mesurado, controlado, de tendencia racionalista. Los griegos eran capaces de controlas las pasiones extremas. Winkelmann interpreta la obra del Laoconte como ejemplo extremo: hay armonía dentro del dolor de la muerte de sus hijos.
Para esta interpretación toda la cultura griega era apolínea, y el pueblo griego el primero en presentar una visión luminosa, bella y racional de la realidad. Nietzsche es contrario a esta interpretación, pues afirma que es correcta para el mundo griego a partir de Sócrates, pero no para el mundo griego anterior, considerado por nuestro filósofo como el momento más característico del espíritu griego. Frente a lo apolíneo los griegos opusieron lo dionisíaco, representado con la figura del dios Dionisos, dios del vino y las cosechas, de las fiestas báquicas presididas por el exceso, la embriaguez, la música y la pasión; pero, según Nietzsche, con este dios representaban también el mundo de la confusión, la deformidad, el caos, la noche, el mundo instintivo, la disolución de la individualidad y, en definitiva, la irracionalidad. La auténtica grandeza del mundo griego arcaico estribaba en no ocultar esta dimensión de la realidad, en armonizar ambos principios, en considerar incluso que lo dionisíaco era la auténtica verdad. Sólo con el inicio de la decadencia occidental, ya con Sócrates y Platón, los griegos intentan ocultar esta faceta inventándose un mundo de legalidad y racionalidad (un mundo puramente apolíneo, como el que fomenta el platonismo). Sócrates inaugura el desprecio al mundo de lo corporal y la fe en la razón, identificando lo dionisíaco con el no ser, con la irrealidad.
En sus obras posteriores, Nietzsche recoge y desarrolla esta idea del inicio de la decadencia occidental en la Grecia clásica: Platón instauró el error dogmático más duradero y peligroso: “el espíritu puro”, el “bien en sí”, el platonismo o creencia en la escisión de la realidad en dos mundos (el “Mundo Sensible” y el “Mundo Inteligible o Mundo Racional”). Este dogmatismo es síntoma de decadencia pues se opone a los valores del existir instintivo y biológico del hombre. La degeneración de la cultura en virtud de la filosofía griega triunfó en la cultura occidental con el ascenso de la moral judeocristiana y del monoteísmo, pervirtiendo desde la raíz el mundo occidental. Así, la crítica de Nietzsche a la cultura occidental se refiere a todos los ámbitos, pues “Filosofía, religión y moral son síntomas de decadencia” (”La voluntad de poder”), la filosofía por inventar un mundo racional, la religión un mundo religioso y la moral un mundo moral; en definitiva, la decadencia del espíritu griego antiguo supuso el triunfo de lo apolíneo sobre lo único real, según Nietzsche, lo dionisíaco.
Para Winklemann, todo el arte griego era apolíneo. La forma (lo bello) controla racionalmente el contenido. Por otra parte, Lessing emplea el Laoconte como contra ejemplo –los griegos también lloran–, como crítica a la concepción del arte griego por parte de Winkelmann. Algunos elementos de la antigüedad que estaban maquillados –como los esclavos en grecia frente a la libertad ideal– salen a la luz. En un primer momento ha valido ese clasicismo como legitimación, pero en un segundo momento se rompe con ese ideal clasicista, momento progresivo en el que se busca el espacio de la modernidad.
A partir de los románticos, las artes empiezan a representar también la fealdad. Lo bello ya no es condición para el arte. Hay un cambio de patrones y de valores.